Dr.
Federico Pérgola
Aunque
la palabra decano suele aplicarse al miembro más antiguo de una comunidad,
en nuestro medio universitario se le asigna al director de una facultad. No
obstante, por su connotación simbólica, no es redundante decir
que tiene su origen en el término decanus, del latín, que tenía
el significado del jefe de diez monjes de un monasterio, como lo atestigua deán
que representa a diez. Con lo cual podríamos establecer que un decano
dirige a diez monjes que, en este caso, no enseña el dogma religioso
sino las provisorias pero siempre perfeccionables verdades de la ciencia. En
este caso ya no son diez sino varios centenares de profesores.
El logro
académico más elevado: ser el jefe de los profesores o bien, dirigir
una facultad, constituyó un justo cargo para la equilibrada personalidad
de Osvaldo Fustinoni.
Formar
médicos fue el desvelo de todos los gobiernos, incluso los de la época
de la colonia, que tuvo el Río de la Plata. Sobre todo, formar buenos
médicos. Harto conocida es la parábola de Bernardo Houssay cuando
decía que un médico mal preparado era más peligroso que
una fiera salvaje, contra la cual el hombre -conociéndola- toma sus recaudos
y se cuida. Dar piedra libre para la práctica de la medicina conociendo
la idoneidad del postulante constituyó un desafío para los Estados.
Fueron los Reyes Católicos los que instituyeron el protomedicato en España
que, con un considerable retraso, llegó a las colonias y a Buenos Aires
recién a fines del siglo XVIII. Luego sería el turno del Instituto
Médico Militar, en épocas de la patria en guerra.
El Estado
delega en las autoridades de la Facultad de Medicina el control de calidad de
sus médicos. Una gran responsabilidad que el jefe de los profesores,
en este caso el profesor Fustinoni, no eludió en ningún momento.
El 15 de
noviembre de 1962, Osvaldo Fustinoni -en ese entonces Profesor Titular de Semiología
y figura de prestigio en las ciencias argentinas- es designado Decano de la
Facultad de Medicina por el voto de ocho consejeros, dos más que los
obtenidos por el doctor Julio Pintos. Para el cargo de Vice-Decano el doctor
Germán Dickmann había logrado nueve votos, tres más que
su inmediato sucesor: el doctor Felipe de Elizalde. Los estudiantes -a los que
luego Fustinoni defendería con vehemencia en circunstancias terribles
para el país- no asistieron a la reunión del Consejo Directivo
y, cuando Fustinoni accedió al sitial de la presidencia, grupos de alumnos
reformistas arreciaron en sus protestas. Luego se generaría una gresca
entre grupos antagónicos con roturas de vidrios y sillas. Hacia la medianoche,
el tumulto había cesado. El saldo, un herido leve que fue curado en la
Guardia del Hospital de Clínicas.
En esa
oportunidad, el profesor Fustinoni no pudo hablar en el estrado; su mesura,
ayudado por la moción del profesor Luis Munist, que presidía el
acto, de pasar a los salones contiguos, descomprimió la situación
académica, aunque los grupos de revoltosos persistieron en el lugar.
Al día
siguiente, el matutino La Nación, además de narrar los hechos
mencionados realizó una breve semblanza de la personalidad de Fustinoni:
Graduado en 1932 con diploma de honor en la Facultad de Medicina local,
dedicóse preferentemente a la clínica médica. Fue designado
profesor adjunto de semiología y clínica propedéutica en
1947. En la actualidad es director del Instituto de Semiología y profesor
titular de la materia desde 1957. La mayor parte de su carrera científica
la desarrolló en el Hospital de Clínicas. En sus antecedentes
profesorales figuran 76 trabajos científicos, los libros Insuficiencia
suprarrenal, Semiología del sistema nervioso, en colaboración
con el Dr. R. Dassen, y varios otros, también en colaboración.
Numerosas intervenciones en congresos, conferencias y labor docente conforman
sus actividades, que compartió con tareas en la subsecretaría
de Salud Pública en 1955 y como miembro del Consejo Superior.
El diario
La Prensa también glosó la trayectoria del doctor Fustinoni y
relató los lamentables hechos de violencia, agregando el dato de que
el herido, con lesiones cortantes y fractura del hueso de la nariz, había
sido el doctor García Marcos que, accidentalmente, se encontraba en el
vestíbulo de la Facultad.
Al día
siguiente, Fustinoni todavía no había entrado en funciones y la
prudencia aconsejaba esperar el momento oportuno. En efecto, los alumnos aguardaban
en los pasillos, ignorándose con qué finalidad y, abortada la
ceremonia que oportunamente había sido anunciada para las 16 horas, comenzaron
a retirarse.
Nuevamente la intolerancia había hecho presa a una institución
de la educación y de la cultura. La crónica del diario La Nación,
además de dar cuenta del daño de un hermoso reloj, considerado
una verdadera obra de arte, decía que en los pasillos el
personal no docente y de maestranza, de brazos caídos, añadía
a ese clima de desazón y angustia el cuadro de su inactividad a través
de una huelga que, iniciada el 29 de octubre, pareciera que va a durar toda
la vida. Entretanto, los desperdicios, papeles, colillas de cigarrillos y el
polvo se van amontonando en pasillos, corredores, laboratorios de investigación.
Se camina sobre residuos. Y ello ocurre precisamen
te en la Facultad
de Medicina, donde tanto se preconiza la lucha contra la falta de higiene y contra
los microbios. Y, para peor, donde funciona también una Escuela de Salud
Pública, como signo de negativo de todos los estudios que en ella se promueven.
Una cierta connotación irónica, no exenta de ingenuidad, demuestra
cómo las acciones de los médicos son observadas con lente de aumento,
indicando la cautela que deben animar a las mismas como así también
a las palabras que se pronuncian.
Fue esta,
como queda bien pintada, la Facultad que debió gobernar Osvaldo Fustinoni.
Pero los
conflictos no terminaban, todavía no había asumido oficialmente,
y ya al flamante decano lo afectaba otro conflicto. El 18 de noviembre los periódicos
daban cuenta de que las medidas de fuerza del personal no docente obligaban
al doctor Eduardo Casterán, director del Hospital de Clínicas,
a evacuar dicho nosocomio. El mismo Fustinoni, en una frustrada reunión
del Consejo Universitario, puso en conocimiento del Dr. Risieri Frondizi, Rector
de la Universidad de Buenos Aires, de la afligente situación de los enfermos
internados que debían ser trasladados.
En esos
mismos días una inicua resolución del Centro de Estudiantes de
Medicina repudiaba al nuevo decano y solicitaba su renuncia.
Todos estos
problemas no eran nuevos, pero acallados los desbordes estudiantiles, a mediodía
del 19 de noviembre de 1962 Fustinoni asumió el decanato y fue Luis Munist
quien ofreció un cuadro de situación harto preocupante: presupuesto
insuficiente, se necesitaban ocho millones de pesos para libros y solamente
se recibían 580.000, cifra que alcanzaba para algunas suscripciones de
revistas; escasa iluminación en las salas de lectura por falta de accesorios
eléctricos, etc. En esa oportunidad, Fustinoni expuso -en breves conceptos-
el criterio que inspiraría su gestión y el propósito que
lo impulsaba de coordinar voluntades y esfuerzos para perfeccionar lo logrado.
Las adhesiones al pedido de Fustinoni se sucedieron en esos días, tanto
por agrupaciones que lo hicieron en la prensa escrita como las que le llegaron
individualmente.
Decano
y presidente de la Comisión Ley 11.333, que estaba encargada de poner
en funcionamiento el Hospital Escuela José de San Martín que reemplazaría
al viejo Hospital de Clínicas, el 21 de febrero de 1963 inauguró
el servicio de la cátedra de Radiología y Fisioterapia a cargo
del profesor Pedro A. Maissa. Fustinoni expresó en esa oportunidad que,
merced a la múltiple actividad del profesor Maissa y del profesor Risieri
Frondizi, que fue presidente de la mencionada comisión, había
sido posible -con el apoyo de los restantes miembros y de entidades de bien
público- realizar esa nueva etapa en cumplimiento de los fines expuestos.
Las turbulencias no terminarán. El 4 de abril de 1963, el profesor Tiburcio
Padilla, ministro de Asistencia Social y Salud Pública de la Nación,
debía presidir un acto de la Liga Argentina Contra el Cáncer en
el Aula Magna de la Facultad. Manifestantes del partido Socialista Argentino
de Vanguardia, según lo indicaban las crónicas periodísticas,
generaron un disturbio de proporciones adoptando una actitud agresiva contra
el mismo que culminó con el incendio de su automóvil particular,
estacionado en las inmediaciones. Los grupos radicalizados se aferraban a cualquier
manifestación académica para hacerse notar.
Reiteramos,
era esa la Facultad que le tocaba dirigir a Fustinoni. Correo de la Tarde, periódico
de la época, había titulado el hecho, mencionando como Grave
atentado comunista, mientras la nota decía que el doctor
Tiburcio Padilla, fue soezmente insultado por un grupo de revoltosos de tendencia
marxista, agredido con tomates y posteriormente su automóvil incendiado.
Las reuniones
del Consejo Directivo de la Facultad fueron, a veces, interrumpidas por la acción
de las barras que buscaban el desorden, en ciertas oportunidades ayudados por
alumnos del colegio secundario. El Consejo Superior de la Universidad de Buenos
Aires, presidido por su rector, el doctor Julio H. G. Olivera, dio a conocer
un escrito en estos términos: declara su más enérgico
repudio a la utilización de manifestaciones de violencia como medio para
influir en las decisiones de los organismos de esta Universidad. Actitudes tales
atentan singular y especialmente contra las normas representativas y democráticas
que dan sustento y sentido al gobierno tripartito que hoy rige en la Universidad
de Buenos Aires.
No obstante,
la administración de la Facultad no ofrecía problemas para la
actividad incansable de Fustinoni. El 12 de abril de 1963 concurría a
la sexta reunión de la Asociación de Facultades de Medicina de
la República Argentina que tenía lugar en la ciudad de Tucumán,
justamente en la Facultad de Medicina de esa provincia.
Por esos
meses, Fustinoni concurría como invitado especial
-junto con Bernardo Houssay- a la inauguración del Departamento de Investigaciones
Científicas de la Maternidad Ramón Sardá.
A mediados
de 1963, el doctor Fustinoni es entrevistado por un grupo de estudiantes de
medicina que se expresan en un medio periodístico y allí explicaba
muy bien su llegada al decanato: mi candidatura como Decano fue sostenida
por un núcleo ampliamente mayoritario de Profesores Titulares y Adjuntos
de la Facultad, como expresión auténtica de un movimiento democrático
en base a sustentar análogos principios universitarios y enfoques semejantes
acerca de la marcha de la Escuela.
A
poco que se analice quienes éramos estos profesores se observará
que lo constituimos aquellos que desde 1956 sostuvimos la necesidad de un profundo
cambio en la orientación pedagógica de la Facultad. Así
vinieron el examen de ingreso, no con criterio limitacionista sino de selección,
hecho ya sostenido así en mi conferencia inaugural de la cátedra,
el plan de las Unidades Hospitalarias, la intensificación de la enseñanza
práctica y el sistema de residenciado médico. Igualmente sostuvimos
la necesidad de la Escuela de Graduados. Algunos de estos problemas han sido
enfocados y otros se encararán, y si bien están en el tapete de
la discusión no po
drá
negarse que constituyen una inquietud pedagógica que la reputo interesante
y necesaria. No creo haber tropezado con inconvenientes, salvo los naturales de
un proceso eleccionario democrático y de sentido universitario. Tampoco
comparto la idea que en los tres claustros se deseara entregar el Decanato
a alguien menos resistido, ya que en el de Profesores, por ejemplo, la resistencia
-de existir en el sentido de tal- no sería sino de un grupo minoritario
y nunca del claustro, como lo demostró la elección. No sé
si se podrá sostener lo mismo con el claustro de Graduados,
o decir igualmente que en un sector determinado de Graduados existiría
dicha resistencia. Por otra parte pienso que el término no se aviene a
la realidad de los hechos, sino que se trata de polarizaciones hacia quien se
interpreta realizará su acción en identidad de pensamiento con el
votante. En cuanto al sector estudiantil, creo que ha sido consecuencia de una
prédica interesada en deformar la verdad.
Para agregar
ante otra pregunta: Considero equivocado el concepto en que se me involucra
como antiestudiantil y limitacionista. Si se analizara desapasionadamente mi
curriculum y mi acción en la Universidad tanto como Profesor Delegado
al Consejo Superior, Consejero de la Facultad, mis escritos al respecto, o si
se leyera la conferencia con que inauguré mi labor de Profesor Titular
bastarían para desvirtuar esos calificativos.
Ese mismo año deberá sufrir la desaparición de quien fuera
su gran amigo y jefe durante mucho tiempo y a quien sucediera en la conducción
del Instituto de Semiología: el profesor Tiburcio Padilla. Como decano
de la Facultad le tocó hablar durante sus exequias y expresó:
Larga sería la enumeración de los actos fecundos de esta
vida consagrada al bien público, a la pasión de enseñar,
a la elevación moral de sus conciudadanos y al servicio de la Patria.
Dijo también cómo fue separado de su cátedra por
no doblegarse ante el imperio de medidas que interpretaba como agresivas a su
dignidad. Haciendo suyas las palabras que Jefferson dijo de Washington:
Fue un sabio, fue un hombre bueno, fue un gran hombre. Todo ocurría
el 3 de julio de 1963. Había compartido -como recordaba- además,
ideales, angustias, sinsabores, tiempos de derrotas, y desde entonces aprendí
a su lado lo que es trabajo, dignidad de conducta, fe en el triunfo de los ideales,
amor por la Patria, la bondad infinita del perdón y la tolerancia, y
el valor por el desvalido y el desheredado. Padilla se había cruzado
en su camino cuando estaba recién recibido, en 1932, huérfano
en el azar de las circunstancias, como dijera para señalar la página
paternal que fue para él.
En ese
mismo mes viajó a Venezuela para dictar una serie de conferencias.
La labor
académica fue incesante, en octubre del mismo año tuvo el honor
de inaugurar el XXXIV Congreso de Cirugía y dar la bienvenida a las delegaciones
extranjeras en el Aula Magna de la Facultad de Medicina. Otro congreso, en ese
mismo mes, el Primer Congreso de Endocrinología y Metabolismo, lo tuvo
en el estrado junto con Bernardo Houssay y Arturo Oñativia. También
le tocaría hablar -en el mismo mes- en la inauguración del II
Congreso Interamericano de Arteriosclerosis, donde expresó que el evento
estaba destinado a luchar contra la plaga más mortífera
junto con el cáncer y el hambre. Se estaba adelantando a lo que
en época finisecular sería una verdadera epidemia.
También
hablaría en la inauguración del Segundo Seminario Latinoamericano
de Salud Mental, donde destacó su preocupación por crear una cátedra
de psicología médica.
Ese mismo
año -1963- la Biblioteca Central de la Facultad de Medicina Dr.
Juan José Montes de Oca cumplió 100 años de existencia.
Creada el 21 de enero de 1863 por iniciativa del presidente de la casa de estudios
y quien le dio nombre, el recordatorio de su onomástico tuvo lugar meses
después. Se destacaba que, de 1.444 volúmenes de 1884 y 49.817
en 1919, en su centenario el número de ejemplares ascendía a 650.000.
Muchos habían sido los médicos o los familiares de los mismos
al fallecer que habían hecho aumentar el patrimonio de la biblioteca.
Poco más
tarde, Fustinoni destacaría la importancia de los medios audiovisuales
en el estudio de la medicina y haría intentos por la creación
de una cineteca y de un centro que aglutine todos los esfuerzos en este sentido.
En la biblioteca, señaló, existe un servicio de producción
de diapositivas.
Cumplía un año en el cargo de Decano cuando, en las dependencias
del Automóvil Club Argentino, en la sede central de Buenos Aires, se
celebró una cena en ocasión de festejarse el Día del Médico,
el 3 de diciembre. Lo curioso: en la cabecera de la mesa había cuatro
médicos, pero uno era el presidente de la Nación, el Dr. Arturo
Umberto Illia. Los restantes: el ministro de Asistencia Social y Salud Pública,
el Dr. Arturo Oñativia; el decano de la Facultad de Medicina de Buenos
Aires, Dr. Osvaldo Fustinoni, y el presidente de la Confederación Médica
de la República Argentina, Dr. Sergio Provenzano. También estaba
presente el presidente del CONICET y premio Nobel de Medicina, el Dr. Bernardo
Houssay.
Consecuentemente
con su prédica sobre los problemas médico-sociales, Fustinoni
publicaba en los primeros meses de 1964, junto con el Dr. Federico Pérgola,
un trabajo en el diario La Nación, destinado a esclarecer a la opinión
pública sobre la trayectoria de su casa magna de educación médica,
que habían titulado Un edificio y su espíritu. La primera ubicación
de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Iniciarían una serie de artículos
que culminarían con el referido al nuevo Hospital Escuela: El Hospital
de Clínicas José de San Martín.
Mientras
tanto, la palabra del decano seguía siendo escuchada en diversos foros
de la capital del país y del interior. En junio de ese año se
referiría en el Hospital Naval Río Santiago al tema: Genética
y medicina, importancia de la genética en la patología y en la
clínica. Pocos días después viajará a la república
hermana de Chile para asistir a una reunión de representantes de universidades
del cono sur de América.
Los ánimos,
empero, no estaban acallados en los tormentosos momentos que le tocaron vivir
a Fustinoni como decano. El 18 de ese mismo mes de junio, la facultad fue ocupada
y
las autoridades
recibieron expresiones adversas dirigidas, sobre todo, a la Comisión del
Curso Premédico. El claustro de profesores titulares en su totalidad apoyó
la gestión del Decano, expresándose de la siguiente manera: hacer
pública una declaración de solidaridad con la actuación del
decano, profesor Osvaldo Fustinoni, destacando los relieves de su personalidad
moral, su condenación a la ocupación de la Facultad realizada el
18 del corriente, y los actos de violencia que se sucedieron, incompatibles con
la condición universitaria; su repudio a las manifestaciones adversas manifestadas
contra la Comisión del Curso Premédico; su decisión de no
seguir manteniendo relaciones con entidades que utilizan la calumnia contra docentes;
y la necesidad de no realizar concesiones en el curriculum de estudios que puedan
comprometer la capacitación de los futuros egresados.
Pero el
viaje a Chile había dado sus frutos. Eso es lo que le interesaba a Fustinoni:
lograr mejoras para la capacitación y la enseñanza. Así
el diario chileno El Mercurio, en su edición del 1° de julio de 1964,
titulaba así una noticia: Cuatro universidades del cono sur intercambiarán
profesores y graduados. En ese amplio programa, refrendado por el decano Fustinoni,
se encontraban -además de la nación anfitriona-, nuestro país,
Uruguay y Perú. El convenio, de nueve puntos, fue firmado por los representantes
de estos cuatro países. El convenio contenía, además, acuerdos
sobre el estudio de la realidad universitaria en los países mencionados,
prestación de asistencia técnica mutua, funcionamiento de Escuelas
de Temporadas Internacionales en forma simultánea, intercambio de alumnos
y publicaciones. Los avatares que padecieron estas regiones posteriormente,
sobre todo Chile y la Argentina, con gobiernos militares despóticos no
permitió que ese importante acuerdo trascendiera más allá
de sus primeros momentos.
Todos estos
hechos auspiciosos, amables, de perfeccionamiento científico y cultural
deberían haber sido el marco al desarrollo de la actividad de un decano
de la categoría del profesor Osvaldo Fustinoni. Quienes lo conocíamos
sabíamos que ese era su deseo más caro: la educación y
la cultura. No obstante, la intemperancia se encontraba en las calles de Buenos
Aires, con un pueblo al que le costaba vivir en democracia y cuya actitud produjo
a posteriori los hechos más sangrientos que recuerda nuestra vida institucional
y una mancha indeleble en la historia de la Nación Argentina. Es así
que el 30 de setiembre de ese año fueron ocupadas las facultades de Derecho
y de Ciencias Económicas. El viejo conflicto del personal no docente
de nuestra facultad, al que nos hemos referido anteriormente, logró el
apoyo de 14 centros estudiantiles que se solidarizaron con las demandas de un
mayor presupuesto universitario (la paradoja es que el del gobierno del Dr.
Illia fue el más alto de la historia de los gobiernos argentinos del
siglo) y colaborar estrechamente con las exigencias gremiales de ese personal.
Los hechos que luego se trasladaron a la Facultad de Medicina se iniciaron en
la de Farmacia y Bioquímica. Personal ajeno a esa Facultad comenzó
a realizar tareas de limpieza, ante los desperdicios que cubrían los
recintos, tarea que se realizó normalmente en las primeras horas. Luego,
el desastre: afiliados a la Asociación Personal de la Universidad de
Buenos Aires (APUBA) desbarató esa tentativa arrojando tierra y basura
en las instalaciones, mientras los alumnos ocupaban el lugar. En esas circunstancias,
el decano doctor Zenón Lugones solicitó la colaboración
policial para poder continuar con las tareas de limpieza. Los estudiantes reaccionaron
inmediata y violentamente contra la presencia de la policía, aduciendo
que se había violado la autonomía universitaria. Allí comenzó
un pandemoniun con carros de asalto, camiones hidratantes, barricadas y el intercambio
de proyectiles.
Alrededor
de las 18 horas, mientras el profesor Fustinoni se encontraba en su despacho
del primer piso, se escucharon fuertes detonaciones que correspondían
a bombas de gases lacrimógenos y se vio a la policía penetrar
en el establecimiento. Los mismos alumnos pusieron al tanto al decano de la
aparición policial y de una actitud verdaderamente no complaciente de
los mismos hacia los estudiantes. Pocos minutos después, Fustinoni se
comunicó con el rector doctor Julio H. G. Olivera y le reiteró
la afirmación de que la Facultad no había sido tomada, añadiendo:
La situación en la planta baja es intolerable; el local está
inundado por los gases. Parece que han detenido a varios muchachos. Esperaré
aquí en el decanato y hablaré con el juez. Al querer interiorizarse
de los problemas, el decano fue increpado duramente por la policía que
incluso trató de identificarlo. Finalmente, cuando acudió el comisario
de la seccional, se retiraron los efectivos.
Al día siguiente los estudiantes realizaron una marcha hacia el Congreso
de la Nación, decretando un paro universitario, para reiterar su solicitud
de un mayor presupuesto universitario y su apoyo al personal no docente.
Estos episodios
condujeron a una situación enojosa entre quienes prefirieron descargar
sus responsabilidades sobre la entrada del personal policial a la Facultad de
Medicina que, aparentemente, dimanó de una orden judicial a raíz
del pedido del doctor Zenón Lugones.
Poco tiempo
después, vuelta la normalidad, el profesor Fustinoni viajó junto
con el decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, doctor Marco Aurelio
Risolía, a visitar universidades de París, Holanda, Bélgica
e Israel. En la ciudad citada, se le anunció a Fustinoni que recibiría
la condecoración de la Orden del Mérito.
Durante
su decanato se creó el Comité Permanente de Educación Médica
que, con la Secretaría Técnica, cumpliría la función
de programación y orientación de un plan dinámico de estudios.
Se ocupó de las -en ese entonces- 26 unidades hospitalarias, otorgándole
autoridad a los profesores titulares para que planificaran y supervisaran la
enseñanza, dándole asimismo la máxima autoridad pedagógica.
Se interesó sobre la marcha de las Escuelas de Enfermería y Obstetricia
y la habilitación del Hospital Escuela José de San Martín
(luego Hospital de Clínicas José de San Martín) fue una
de sus mayores preocupaciones. En 1964, el Departamento de Graduados contabilizó
331 cursos con la asistencia de 5.000 profesionales.
Con respecto
a las unidades hospitalarias que funcionaban, además de los hospitales
de la Universidad, en 25 nosocomios municipales, Fustinoni decía en un
reportaje: Cada hospital se ha transformado así en un centro de
enseñanza, con la ventaja importante para el alumno de disponer de mayores
elementos para su práctica médica, por el acicate que significa
para el médico que enseña la preparación de clases, trabajos
prácticos y ejercicios manuales, y con la ventaja para el enfermo de
un estudio más cuidadoso de su proceso, por la preocupación de
los profesores y alumnos en la pesquiza de su enfermedad. Se conforma así
en cada hospital una unidad profesor-alumno-enfermo que redunda en beneficio
del conjunto, transformando a cada hospital en un centro de enseñanza.
Durante
su decanato, el profesor Fustinoni bregó denodadamente por encarrilar
el estudio y la investigación médicas por senderos académicos,
pero eran tiempos difíciles (¿cuándo no lo fueron en la
Argentina?) y tuvo que soportar la injuria de que una denominada Legión
Argentina Nacional Sindicalista lo acusara de proteger a grupos guerrilleros.
Los infundios también involucraron a los profesores Mauricio Goldenberg,
Eugenio Koremblit, José Luis Romero, Gino Germani, Manuel Sadovsky y
Rolando García. Era la habitual táctica de difamar para que algo
quedara. El Consejo Superior Universitario reunido hasta altas horas de la madrugada,
escuchando a algunos de los difamados desestimó por descabellado,
fantasioso y absurdo -como dijo Fustinoni- los dichos de tal asociación.
Hecho que pasó rápidamente al olvido.
En setiembre de ese año, el gobierno francés hizo efectivo su
adelanto y le confirió al profesor Fustinoni la dignidad de comendador
de la Orden de las Palmas Académicas. Esa distinción se concretaría
el 30 de noviembre de ese año en el edificio de la representación
diplomática de Francia.
Ese mismo
año se lo designó para concurrir -en 1966-, junto con los decanos
de medicina del Norte y del Litoral, a la Primera Conferencia Panamericana de
Asociaciones de Facultades de Medicina a realizarse en Bogotá.
La personalidad
de Fustinoni fue siempre vigorosa y siempre midió sus actos con la vara
de la justicia. No quería que a sus determinaciones las acompañara
la sombra de la sospecha. El 21 de abril de 1966, ante una votación que
terminó empatada en el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas,
a raíz de la designación de un profesor para un cargo docente,
consideró que se hallaba ante una falta de confianza, razón por
la cual, luego de referirse a su trayectoria en el campo docente, puso su renuncia
al alto cargo a disposición del cuerpo.
No estuvo
solo en su actitud. Lo acompañaron, también con su renuncia, los
profesores -amigos entrañables y personas de bien- Héctor Gotta,
José Monserrat, Felipe de Elizalde y José Pángaro. Fustinoni
no solamente había presentado su renuncia sino que también, visiblemente
molesto porque en esa votación el vicedecano se había abstenido,
abandonó su sitial. Luego se agregarían -solidarios con el decano-
a la lista de renunciantes, Enrique Strajman, Mario Brea y Roberto Mancini.
En los
días sucesivos, la falta de quorum impidió las reuniones del Consejo
Directivo que debían tratar la renuncia. No obstante, era vox populi
que se solicitaría el retiro de la misma. En realidad, el problema principal
consistía en que se cuestionaba que el decano integrara un jurado en
una terna para concurso. Las diversas agrupaciones sostenían que de ninguna
manera se cuestionaba la labor y la personalidad del decano sino el procedimiento
realizado.
Por resolución
de los tres claustros, llevada a cabo en una reunión en minoría
del Consejo Directivo de la Facultad, una delegación encabezada por el
vicedecano profesor Germán H. Dickman y los consejeros Parodi, por los
profesores; Soma Pena por los graduados y Scorofitz y Riva Posse, por los estudiantes
reformistas y humanistas, respectivamente, lo entrevistó para disuadirlo
de su actitud. Satisfecho con las explicaciones del caso, el profesor Fustinoni
retiró su renuncia y el conflicto se solucionó.
Expresó
el decano que su resolución no había sido temperamental sino que
respondía a su firme propósito de que el decanato sea respetado
como institución. Entiendo -agregó- por otra parte, que
los concursos deben ser solucionados en un plano de conducta universitaria y
no respondiendo a tendencias o facciones que impidan elegir a los mejores.
El lunes
25 de abril de 1966, cumpliendo con las formalidades, la renuncia fue rechazada
por el Consejo Directivo y allí se conoció el texto que decía
que la renuncia obedecía a razones de moral universitaria reñidas
con el mismo sentido ético de mi conciencia de profesor de esta casa
de estudios. Sea mi última voluntad en homenaje a la facultad que me
formó y a la universidad a la que dí lo mejor de mi esfuerzo.
Ese mismo
día, Juan Rivas, del diario La Capital de Rosario de Santa Fe, publicó
una nota que, dado su contenido, consideramos conveniente reproducirla en su
totalidad. Con el título de Autoridad y jerarquía son reclamadas
desde un decanato, dice así: Posiblemente esta noche en sesión
extraordinaria, quede favorablemente solucionada la crisis de la Facultad de
Ciencias Médicas. El desenlace de esta cuestión podría
tener una significación ejemplar, y si así fuera sería
plausible que un criterio semejante prevaleciera ampliamente sobre todas las
actividades universitarias.
El
decano, profesor Osvaldo Fustinoni, presentó su renuncia al interpretar
como expresión de desconfianza el resultado por empate de una votación
realizada para que participara como jurado en un concurso para designación
de profesores.
Varias
gestiones se hicieron con el objeto de hacerle ver que estaba equivocado y se
dijo que su actitud era únicamente el resultado de una apreciación
de hipersensibilidad. Sin embargo, el profesor doctor Fustinoni dijo hoy que
su actitud no es temperamental. Responde, simplemente -subrayó-,
al propósito de que el decanato sea respetado como institución.
Entiendo, por otra parte, que los concursos deben ser solucionados en un plano
de conducta universitaria y no repondiendo a tendencias o facciones que impidan
elegir a los mejores.
Son
muy satisfactorias tales aspiraciones, que acaso permitieron además
de los hospitales de la Universidad, en 25 nosocomios municipales, Fustinoni
decía en un reportaje: Cada hospital se ha transformado así
en un centro de enseñanza, con la ventaja importante para el alumno de
disponer de mayores elementos para su práctica médica, por el
acicate que significa para el médico que enseña la preparación
de clases, trabajos prácticos y ejercicios manuales, y con la ventaja
para el enfermo de un estudio más cuidadoso de su proceso, por la preocupación
de los profesores y alumnos en la pesquiza de su enfermedad. Se conforma así
en cada hospital una unidad profesor-alumno-enfermo que redunda en beneficio
del conjunto, transformando a cada hospital en un centro de enseñanza.
Durante
su decanato, el profesor Fustinoni bregó denodadamente por encarrilar
el estudio y la investigación médicas por senderos académicos,
pero eran tiempos difíciles (¿cuándo no lo fueron en la
Argentina?) y tuvo que soportar la injuria de que una denominada Legión
Argentina Nacional Sindicalista lo acusara de proteger a grupos guerrilleros.
Los infundios también involucraron a los profesores Mauricio Goldenberg,
Eugenio Koremblit, José Luis Romero, Gino Germani, Manuel Sadovsky y
Rolando García. Era la habitual táctica de difamar para que algo
quedara. El Consejo Superior Universitario reunido hasta altas horas de la madrugada,
escuchando a algunos de los difamados desestimó por descabellado,
fantasioso y absurdo -como dijo Fustinoni- los dichos de tal asociación.
Hecho que pasó rápidamente al olvido.
En setiembre de ese año, el gobierno francés hizo efectivo su
adelanto y le confirió al profesor Fustinoni la dignidad de comendador
de la Orden de las Palmas Académicas. Esa distinción se concretaría
el 30 de noviembre de ese año en el edificio de la representación
diplomática de Francia.
Ese mismo
año se lo designó para concurrir -en 1966-, junto con los decanos
de medicina del Norte y del Litoral, a la Primera Conferencia Panamericana de
Asociaciones de Facultades de Medicina a realizarse en Bogotá.
La personalidad
de Fustinoni fue siempre vigorosa y siempre midió sus actos con la vara
de la justicia. No quería que a sus determinaciones las acompañara
la sombra de la sospecha. El 21 de abril de 1966, ante una votación que
terminó empatada en el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas,
a raíz de la designación de un profesor para un cargo docente,
consideró que se hallaba ante una falta de confianza, razón por
la cual, luego de referirse a su trayectoria en el campo docente, puso su renuncia
al alto cargo a disposición del cuerpo.
No estuvo
solo en su actitud. Lo acompañaron, también con su renuncia, los
profesores -amigos entrañables y personas de bien- Héctor Gotta,
José Monserrat, Felipe de Elizalde y José Pángaro. Fustinoni
no solamente había presentado su renuncia sino que también, visiblemente
molesto porque en esa votación el vicedecano se había abstenido,
abandonó su sitial. Luego se agregarían -solidarios con el decano-
a la lista de renunciantes, Enrique Strajman, Mario Brea y Roberto Mancini.
En los
días sucesivos, la falta de quorum impidió las reuniones del Consejo
Directivo que debían tratar la renuncia. No obstante, era vox populi
que se solicitaría el retiro de la misma. En realidad, el problema principal
consistía en que se cuestionaba que el decano integrara un jurado en
una terna para concurso. Las diversas agrupaciones sostenían que de ninguna
manera se cuestionaba la labor y la personalidad del decano sino el procedimiento
realizado.
Por resolución
de los tres claustros, llevada a cabo en una reunión en minoría
del Consejo Directivo de la Facultad, una delegación encabezada por el
vicedecano profesor Germán H. Dickman y los consejeros Parodi, por los
profesores; Soma Pena por los graduados y Scorofitz y Riva Posse, por los estudiantes
reformistas y humanistas, respectivamente, lo entrevistó para disuadirlo
de su actitud. Satisfecho con las explicaciones del caso, el profesor Fustinoni
retiró su renuncia y el conflicto se solucionó.
Expresó
el decano que su resolución no había sido temperamental sino que
respondía a su firme propósito de que el decanato sea respetado
como institución. Entiendo -agregó- por otra parte, que
los concursos deben ser solucionados en un plano de conducta universitaria y
no respondiendo a tendencias o facciones que impidan elegir a los mejores.
El lunes
25 de abril de 1966, cumpliendo con las formalidades, la renuncia fue rechazada
por el Consejo Directivo y allí se conoció el texto que decía
que la renuncia obedecía a razones de moral universitaria reñidas
con el mismo sentido ético de mi conciencia de profesor de esta casa
de estudios. Sea mi última voluntad en homenaje a la facultad que me
formó y a la universidad a la que dí lo mejor de mi esfuerzo.
Ese mismo
día, Juan Rivas, del diario La Capital de Rosario de Santa Fe, publicó
una nota que, dado su contenido, consideramos conveniente reproducirla en su
totalidad. Con el título de Autoridad y jerarquía son reclamadas
desde un decanato, dice así: Posiblemente esta noche en sesión
extraordinaria, quede favorablemente solucionada la crisis de la Facultad de
Ciencias Médicas. El desenlace de esta cuestión podría
tener una significación ejemplar, y si así fuera sería
plausible que un criterio semejante prevaleciera ampliamente sobre todas las
actividades universitarias.
El
decano, profesor Osvaldo Fustinoni, presentó su renuncia al interpretar
como expresión de desconfianza el resultado por empate de una votación
realizada para que participara como jurado en un concurso para designación
de profesores.
Varias
gestiones se hicieron con el objeto de hacerle ver que estaba equivocado y se
dijo que su actitud era únicamente el resultado de una apreciación
de hipersensibilidad. Sin embargo, el profesor doctor Fustinoni dijo hoy que
su actitud no es temperamental. Responde, simplemente -subrayó-,
al propósito de que el decanato sea respetado como institución.
Entiendo, por otra parte, que los concursos deben ser solucionados en un plano
de conducta universitaria y no repondiendo a tendencias o facciones que impidan
elegir a los mejores.
Son
muy satisfactorias tales aspiraciones, que acaso permitan corregir algunas deficiencias.
El curso premédico ya se ha iniciado, sin que, por ejemplo, los alumnos
tengan todavía profesor en Física. Subsisten, además, muchos
de los serios inconvenientes registrados en años anteriores. El referido
curso, subdividido en varias comisiones, se desarrolla en condiciones increíbles,
que se quieren disculpar por diversas razones. Cada comisión -hay varias-
se reúne en aulas con 170 o más alumnos, en tanto solamente hay
80 asientos. Los alumnos, en las clases de la mañana -y lo mismo ocurre
con las de la tarde, sobre todo con las de la noche- comienzan a reunirse a
las 7 para precipitarse a las 8, cuando se abren las puertas, como un malón
en procura de comodidad. Los que lo hacen, para hacer honor a la descortesía
de los tiempos actuales, son siempre varones, y la mayoría de las mujeres
no tienen más remedio que quedarse paradas y hacinadas en el fondo, durante
dos o tres horas, con la consiguiente molestia para tomar notas y seguir atentamente
al profesor.
Debe
recordarse también, que a fines del año pasado hubo una especie
de escándalo, que fue motivo de un sumario, por las irregularidades denunciadas
en el concurso de los instructores. Ante escribano público se labró
un acta para dejar constancia de una imputación sobre venta de preguntas
para exámenes. El proceso seguido para la presentación de las
solicitudes de aspirantes estuvo igualmente signado este año por inconvenientes
e incertidumbres de toda índole: la atención de los jóvenes,
en la sección de ingreso, dejó de ser un dechado de corrección
y estuvo lejos de constituir una lección de orden y de ejemplo para estudiantes
secundarios que anhelaban incorporarse al nivel universitario.
Todas
estas comprobaciones y denuncias, unidas a otras más que se registran
en otras casas de estudios, no pueden sino desalentar y enervar a la juventud,
y de especial manera a la que pisa por primera vez el umbral universitario.
En lo que respecta a las condiciones de admisión premédica y al
habitualmente sospechoso bajo índice de aprobados posteriores, que llegaría,
según estadísticas, apenas al 5 por ciento, por más que
se aduzca la observancia de un loable y estricto criterio selectivo, todo tiene
la apariencia de responder a la necesidad de introducir limitaciones, en razón
de la precariedad de recursos para atender a los planteles universitarios. En
un país cuyo interior necesita tantos médicos esto es grave. Hace
pocos días, precisamente, las autoridades universitarias organizaron
un acto público para reclamar la colaboración económica,
señalando el bajo porcentaje nacional en este aspecto.
La
crisis que se resolvería esta noche, sin involucrar, naturalmente, un
panorama tan vasto, demuestra que la posición asumida por el profesor,
doctor Fustinoni, pone, de algún modo, sobre el tapete la necesidad de
jerarquizar y ordenar el ámbito universitario, imponiéndole autoridad
y con vistas a garantizar la calidad y eficiencia del cuerpo docente en todos
sus grados. Las observaciones que se hacen sobre las fallas de la vida de las
universidades no deben ser dirigidas exclusivamente, desde luego, a ciertos
detalles de los claustros médicos de Buenos Aires, sino que envuelven,
en mayor o menor medida, a todas las facultades de Buenos Aires y también
a las del resto del país -las excepciones que se saquen el sayo-, donde
las ambiciones y los intereses extraformativos introducen factores de perturbación
que tendrían que ser definitivamente desterrados si se anhela una Universidad
ordenada, propicia para la investigación, técnicamente eficiente
y de trascendente sentido ético.
Rivas observa
a Buenos Aires desde la provincia de Santa Fe, advierte sobre problemas de diversa
índole -hasta incursiona en la falta de caballerosidad de los varones
jóvenes- pero configura el trascurrir de la facultad porteña.
Tal vez no profundiza el problema que encaró Fustinoni. El intento no
obstante tiene valor.
No fueron
épocas fáciles. Lo hemos dicho. Lo peor estaba por ocurrir. Una
Junta Militar desplazó a las instituciones del país y sacó
al Dr. Illia de la presidencia de la Nación. Poco después entregó
el poder al general Juan Carlos Onganía, en ese entonces comandante en
jefe del Ejército que había jurado fidelidad a los tres poderes
nacionales. Dirigió el país con una concepción franquista,
por ende autoritaria y, como no podría ser de otra manera, la emprendió
contra la Universidad: las mentes estudiosas y libres no le convenían.
Hizo entrar a las fuerzas militares y policiales a hacha y fuego (en la modernidad
reemplazados por agresivos bastones) en todas las facultades. En la teoría
de los dos Demonios, ellas estaban carcomiendo la vida de la Nación.
El 29 de
julio de 1966, un mes después del golpe militar indicado, la policía
desalogó -con violencia- cinco facultades de la Universidad de Buenos
Aires, siguiendo órdenes del dictador. Cuatrocientos estudiantes y docentes
fueron detenidos; 1.400 de ellos renunciarían poco después. Se
había producido el vaciamiento intelectual de la Argentina.
En una
entrevista, Fustinoni relató de la siguiente manera el episodio: Recuerdo
la noche de los bastones largos. En la Facultad de Medicina conseguí
que no apalearan a nadie porque me acompañó un comisario de apellido
Ansulovich. Con él a mi lado, evitamos el mal trato. Me reuní
en asamblea con los estudiantes y les aconsejé que salieran tranquilamente
porque de lo contrario no había garantías de evitar la violencia.
Les hice comprender la gravedad de la situación y el criterio que se
utilizaba para solucionar los inconvenientes. Por suerte me escucharon y eso
evitó hechos que luego podríamos lamentar todos.
No faltaron
los ofrecimientos. En esa misma entrevista señala: Se produce el
movimiento revolucionario y asume el poder el general Onganía. Es nombrado
ministro de Educación el profesor Gelly y Obes. La Universidad se pronuncia
contra el movimiento y el general Onganía hace modificar el reglamento
universitario transformando a los decanos en simples administradores. El Ministro
me solicita que permanezca en mi cargo y propone que queden también los
doctores Marco Aurelio Risolía (decano de la Facultad de Derecho) y asimismo
Antonio Pires (decano de la Facultad de Agronomía y Veterinaria) para
que haya continuidad. Mi respuesta fue clara y precisa: no me puedo quedar,
usted me transforma en administrador
y como me
debo al claustro que me designó para esta función, no me quedaré.
A continuación, reuní a mis pares y les informé de
mi decisión, así como los motivos de la misma.
Algunos
decanos tuvieron la misma suerte que Fustinoni con sus alumnos, como ocurrió
con el de la Facultad de Ingeniería; otros no pudieron evitar los palazos,
empujones y patadas que se distribuyeron, a diestra y siniestra, también
para los profesores y ayudantes.
El profesor Osvaldo Fustinoni renunció a su decanato el 16 de agosto
de 1966.
BIBLIOGRAFÍA
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tres facultades fueron elegidas sus autoridades. La Nación, Buenos
Aires, 16 de noviembre de 1962.
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sus funciones el nuevo decano de la Facultad de Ciencias Médicas, Dr.
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serio desorden durante un acto en la Facultad de Medicina. La Nación,
Buenos Aires, 5 de abril de 1963.
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graves disturbios ayer en un acto en la Facultad de Medicina. La Prensa,
Buenos Aires, 5 de abril de 1963.
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un laboratorio de investigación científica en la Maternidad Ramón
Sardá. La Prensa, Buenos Aires, 22 de mayo de 1963.
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su labor el Congreso de Cirugía. La Nación, Buenos Aires,
8 de octubre de 1963.
9. En
la Facultad de Ciencias Médicas fue ayer inaugurado el XXXIV Congreso
de Cirugía. La Prensa, Buenos Aires, 8 de octubre de 1963.
10.
Se inauguró el Primer Congreso de Endocrinología y Metabolismo.
La Prensa, Buenos Aires, 21 de octubre de 1963.
11.
Inicióse el congreso de aterosclerosis. La Nación,
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12.
En la celebración del Día del Médico participó
anoche el Primer Magistrado. La Prensa, Buenos Aires, 4 de diciembre de
1963.
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Buenos Aires, 30 de junio de 1964.
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Buenos Aires, 30 de junio de 1964.
15.
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Cono Sur. El Mercurio, Santiago de Chile, 2 de julio de 1964.
17.
Fueron ocupadas ayer las Facultades de Derecho y Ciencias Económicas
y hubo disturbios en Medicina. La Prensa, Buenos Aires, 1 de octubre de
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octubre de 1964.
19.
Habilitará este año el Hospital Escuela la Facultad de Medicina.
Clarín, Buenos Aires, 8 de febrero de 1965.
20.
Reunión de decanos de Facultades de Medicina. Clarín,
Buenos Aires, 30 de octubre de 1965.
21.
Fueron investidos nuevos miembros de la Orden de las Palmas Académicas
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22.
El Embajador de Francia impuso a intelectuales argentinos distinciones
otorgadas por su país. Clarín, Buenos Aires, 1 de diciembre
de 1965.
23.
Medicina: reunión de decanos. Clarín, Buenos Aires,
30 de octubre de 1965.
24.
Ayer renunció el decano de la Facultad de Medicina. La Nación,
Buenos Aires, 22 de abril de 1966.
25.
Renunció anoche el decano de la Facultad de Ciencias Médicas.
La Prensa, Buenos Aires, 22 de abril de 1966.
26.
La renuncia del decano no pudo tratarse en Medicina. La Prensa,
Buenos Aires, 23 de abril de 1966.
27.
Crisis universitaria. La Razón, Buenos Aires, 23 de abril
de 1966.
28.
Retiraría su renuncia el Dr. Fustinoni. La Nación,
Buenos Aires, 24 de abril de 1966.
29.
Resolveráse el conflicto en Medicina. La Prensa, Buenos Aires,
24 de abril de 1966.
30.
Hay principio de solución en la crisis universitaria. La
Razón, Buenos Aires, 25 de abril de 1966.
31.
No se aceptó la renuncia al Dr. Fustinoni. La Nación,
Buenos Aires, 26 de abril de 1966.
32.
Fue rechazada la renuncia del decano de Ciencias Médicas.
La Prensa, Buenos Aires, 26 de abril de 1966.
33.
Medicina: rechazan la renuncia del decano y de los consejeros. Clarín,
Buenos Aires, 26 de abril de 1966.
34.
Autoridad y jerarquía son reclamadas desde un decanato. La
Capital, Rosario, 26 de abril de 1966.